Todo comienza cuando del glaciar se desprende
un tramo de hielo inefable en la siesta.
Domingo vetusto con máculas pírricas,
el extrañado espíritu de su letargo despierta.
Tus ojos son Lagos de tono Argentino
y la curva de tu nariz dibujada en la grieta
sobre el níveo tapiz que el deshielo de un año
sus hebras añiles y opacas refleja.
El ánimo es un péndulo entre mundos distintos,
anhelante y manso a la luz de las velas,
para después, finalmente, caer enredado
en las aguas heladas del azar y la espera.
Luego de rozar su pico más alto,
doblegado en su centro por la indiferencia,
raudo hacia el fondo el sillar se dirige
al sosiego impasible, entre algas y piedras.
