Apunte sobre filosofía de la historia

Cognoscibilidad de la historia

Si hubiera que hacer una distinción macro respecto de la forma en la que internalizamos la historia (en su más amplio sentido), se podría decir que tal distinción es “vivencial” y “no vivencial”. La historia vivencial, de neto carácter empirista, tiene una multiplicidad de niveles de análisis: desde la vieja dicotomía entre empirismo y racionalismo hasta su utilización discursiva para imponer una determinada idea. Por lo tanto, me referiré a ella en un futuro trabajo en el que se expondrán los aspectos generales de esta supuesta semiótica de la historia.

Respecto de la no vivencialidad histórica, se puede decir que existen tres tipos o estadios de cognoscibilidad de la historia. Son formas de vinculación con la materia y depende muchas veces de la instancia de la vida o en el contexto intelectual en la que una persona se encuentre y de la madurez cognitiva que se posea. Tales supuestos son, a saber, la creencia, el conocimiento y la conciencia.

Podemos decir que es bajo la creencia que nuestra mente entra en primer contacto con la historia. La información, por así llamarla, nos llega encontrándonos en una actitud pasiva, acrítica y dicha transmisión adquiere distintos grados de sofisticación, que pueden ir desde un cuento que se le cuenta a un niño antes de dormir hasta, por ejemplo, una clase sobre el (mal llamado) “Descubrimiento de América” en el colegio primario. La creencia es un compendio de datos muy simplificado, tanto en sustancia como en lenguaje, propia de un manual escolar de historia.

El conocimiento opera de manera diversa con respecto de la creencia. Es decir, el conocimiento actúa como negación o determinación de esta primera fase. El individuo abandona el estado pasivo de adquisición y toma un rol más protagónico. Se confrontan las ideas percibidas durante la etapa de la creencia y son puestas en crisis. Comienza a vislumbrarse la complejidad de la historia. Se reconfigura y se reinterpreta la simbología histórica.

Finalmente, esta negación decanta en el último estado de cognoscibilidad, el más paulatino (es un proceso más que un acontecimiento puntual) en el cual culmina la confrontación entre creencia y conocimiento. Las tensiones que implican las pérdidas durante el pasaje del primer momento al segundo se relajan. La historia deja de ser un mero acumulamiento de acontecimientos y deviene en un fenómeno solo asequible a través del prisma de la filosofía, la política o el lenguaje. La historia ya es prácticamente una herramienta desarrollada en intelecto humano y será utilizada para el cumplimiento de objetivos de lo más diversos.


Movimiento de la historia

Ahora bien, en cuanto a la llamada “progresión” de la historia, mucho se ha debatido sobre si la historia transcurre de manera línea, con etapas dialécticas, o sobre si lo hace de manera cíclica o caleidoscópica. Ya describí en un anterior artículo los movimientos de totalización y des-totalización que realiza la historia tomando como punto de partida hechos históricos relevantes. ¿Hay providencia? ¿O la dinámica no obedeció ni obedecerá a ningún esquema en particular? Volveré sobre esto más adelante.

Estimo que la cuestión no implica tanto qué tipo de movimiento realiza la historia sino, más bien, cuándo realiza cada uno. Las historias de las naciones más antiguas tienden a ser, con razonables excepciones, más cíclicas que lineales, dado el elevado grado de confrontación de sus filosofías históricas, que culminan con la síntesis de las mismas. Tal situación, por el contrario, es más difícil de hallar en las naciones relativamente “jóvenes”, siendo la historia argentina un ejemplo de linealidad y de no-síntesis.


Aproximación a la problemática en la filosofía de la historia argentina

La historia argentina todavía no sintetiza. No sintetiza de sus dos grandes corrientes que la historiografía plantea.

La historia argentina no puede sintetizar. No puede sintetizar porque desde la política, que es el hilo conductor del devenir histórico, no permite su decantación. En cambio, en la alternancia de gobiernos, se ha intentado imponer cada una de ambas versiones (historia clásica vs. revisionismo, Mitre vs. Rosas), dependiendo de quién detentara el poder político.

No considero que este asunto sea una mera polémica entre académicos e intelectuales de uno y otro “bando”. Lo que se disputa es nada más ni nada menos que la historia de nuestro país como instrumento de legitimidad y fundamentación de los actos políticos.

Los gobernantes, al momento de tomar las riendas del Estado, se enfrentan a una dicotomía trascendental: promoverán la tan esperada síntesis de la historia argentina, con prudencia intelectual, formación y conciencia crítica. O, en cambio, optarán por una de las dos corrientes de siempre, haciendo inclinar la balanza, lo que, incluso hasta sin proponérselo y por más que se tenga un discurso de equilibrio, disparará hacia sus propias bases las pautas que conformarán el discurso de legitimidad. Acaso sea este camino para tomar mucho más importante que todo el recorrido desde el siglo XV a la fecha.

Por favor, que no se malinterprete: no es una proclama negacionista ni conciliadora. Acá no se pide olvido ni perdón, ni nada parecido. Simplemente, cada etapa es una oportunidad para zanjar una disputa añeja en el plano de la praxis y dejar que este forcejo continúe en manos de “expertos”, sórdida e insustancialmente, en los oscuros pasillos de la academia.

Queda claro que las etapas históricas de nuestro país comienzan y concluyen con una crisis o un conflicto. Por eso, la historia argentina tiene tantas etapas, desde el fusilamiento de Dorrego (el origen de la tragedia argentina) hasta la restauración neoconservadora. De lo que se trata, entonces, es de generar continuidad histórica, reducir el número de ciclos y consolidar el pensamiento nacional.

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