Hay quienes piensan que se trata de una especie de modernidad que viene del futuro a instalarse como si fuera una moda. Para otro sector, es parte de una agenda globalista, progresista y marxista. Sin embargo, la idea de la culminación de un devenir que se explica históricamente y que estuvo, en mayor o en menor medida, disponible para quienes hayan querido percibirlo pareciera ser, sencillamente, disparatada.
El llamado “lenguaje inclusivo”, menos conocido como “lenguaje no binario”, divide aguas en una cultura cuya lengua tiene sustantivos, adjetivos, artículos y algunos pronombres que utilizan el masculino genérico, es decir, el masculino como término inclusivo para referirse a colectivos mixtos, o en contextos generales indeterminados.
El lenguaje inclusivo es una especie de punta de iceberg que, como tal, posee un vasto bagaje cultural subyacente y comprende una multiplicidad de aspectos políticos, ideológicos y culturales, por lo que reducirlo a una cuestión meramente lingüística sería injusto, y abordarlo solamente desde el lenguaje sería insuficiente. Este proceso, que tiene como protagonista un colectivo que ha luchado y lucha incansablemente por un lugar en la sociedad, encuentra en el lenguaje inclusivo su “pata lingüística” y representa un acontecimiento relativamente novedoso, arraigado en el debate público y susceptible de transformarse en una interesante materialidad sobre la cual profesionales del lenguaje podrían trabajar mediante el aporte de ideas, el debate plural y el enriquecedor intercambio de opiniones. Pero, sobre todo, desde su reconocimiento (que es, sin duda, el primer paso).
A grandes rasgos, podría decirse que, por lo menos desde lo discursivo, existe un cierto consenso en evitar el lenguaje machista o sexista (o, en definitiva, cualquier formulación que tienda a establecer una determinada segregación peyorativa), ya sea por corrección política, genuina creencia o adaptación profesional. El motivo no viene al caso. El análisis mayoritariamente enfocado en las subjetividades es aventurado y tiende a hacer perder de vista las implicancias materiales y prácticas sobre el mundo lingüístico. No obstante, ese consenso pareciera diluirse respecto a la búsqueda o exploración de expresiones que tiendan a subsanar esas marcas de inequidad.
Una posible manera de zanjar la cuestión de forma salomónica (y de, agregaría, posponer el debate que, inexorablemente, deberá darse) es recurrir a la llamada “neutralidad” mediante reformulaciones o modulaciones. Por ejemplo, en vez de decir “traductores”, decir “profesionales de la traducción”. Puede exigir cierto esfuerzo la búsqueda de alternativas que ubiquen la cuestión de género en el plano del discurso indirecto, pero el repertorio disponible es rico y amplio.
En su interesante artículo Tú, yo, elle y el lenguaje no binario, Artemis López, oriunde de España, define y desarrolla los conceptos de “Lenguaje No binario Directo (LND) e Indirecto (LNI). Artemis, quien se define como “traductore español/inglés no binarie, certificade en ambas direcciones” explica que “el LNI consiste en modificar la frase para evitar todas las manifestaciones de género, ya sea eligiendo palabras neutras o cambiando la categoría gramatical”. Esto es, palabras más, palabras menos, a lo que se hace referencia en el parágrafo anterior.
Otra posibilidad es el desdoblamiento (“chicos y chicas”, “estimados/as”, “todos y todas”, etc.). Si bien este recurso se mantiene dentro de los márgenes de la llamada “gramaticalidad”, por momentos no parece estar en concordancia con el principio de economía del lenguaje. La observación que merece esta opción es que, en principio, no contempla a las personas no binarias.
Sin lugar a dudas, la alternativa que mayores polémicas y controversias genera consiste en, como ya es de público conocimiento, incorporar morfemas como “-x” o “-e”. Estamos ante el mayor grado de intervención léxica y, consecuentemente, ante la forma de inclusión más abarcativa y eficaz, ya que implica el reconocimiento explícito de personas que no se autoperciben (de manera total o parcial) como parte de ninguna de las dos categorías que ha dispuesto históricamente la cultura universal: masculino o femenino.
A propósito de esta última categoría, López la define como Lenguaje No binario Directo y va a decir que “a diferencia del LNI, el LND deja claro sin pudor que incluye a las personas no binarias. Por ejemplo, una clínica queer que usa singular they en sus formularios en lugar de he o she lo hace con una intención clara: mostrar que la prioridad de la organización es la comodidad de todas las personas y no contentar a puristas del idioma.”
Es imposible que una expresión “no binaria” pase desapercibida en el flujo comunicativo, ya sea en la lectura como en el habla. Si leemos, por ejemplo, la palabra “amigxs”, es muy probable que la impresión que nuestro cerebro dispare sea similar a la que ocurre cuando detectamos un error gramatical. En el mismo sentido, si escuchamos la palabra “amigues”, seguramente nuestra atención quedará, aunque sea por un instante, anclada en esa expresión, que, por analogía fonética, parecería ubicarse muy cerca de “amigos” y “amigas”, pero sin llegar a ser ninguna de ambas. Que esto ocurra es perfectamente normal y hasta esperable. La cuestión es qué hacemos con esta pulsión, cómo manejamos esta interpelación que nos provocan los nuevos significantes.
¿Qué es, entonces, lo que genera tanto rechazo, incluso en quienes no cuentan con ninguna expertise en sociolingüística o, ni siquiera, en gramática general? ¿Se trata de una defensa genuina de la formalidad del lenguaje, una valoración estética negativa o, simplemente, una reacción adversa a lo desconocido? ¿Qué de todo esto se encuentra alcanzado por la postura ideológica?
La cantidad de reacciones es tan variopinta como la lengua española y pueden incluir desde el enojo y el repudio hasta la aceptación y la incorporación e, incluso, hasta la indiferencia misma. Independientemente de cuál sea la actitud que tome el receptor, resulta, cuanto menos, forzada la idea de inexistencia del lenguaje no binario. Ello implica la ignorancia deliberada de un colectivo que ha decidido ejercer su derecho a la identidad de una forma alternativa y que debemos estar dispuestos a respetar (y no solo en el marco de una comunidad lingüística, sino también fuera de ella).
Algunas consideraciones finales: ¿es procedente la denominación “lenguaje inclusivo”? En caso de que no lo fuera, ¿no lo es por no reflejar las características esenciales del mismo o, simplemente, porque lo convierte en objeto de burlas, consumo irónico y ataques de los sectores que no lo reconocen? ¿Son la lengua de señas o el sistema braille ejemplos más acabados de “lenguaje inclusivo” como alegan sus detractores?
Siempre recuerdo, de mis años de colegio secundario, e incluso primeros años universitarios, mails de docentes que comenzaban con “estimad@s”, “alumn@s”, etc. ¿Por qué nadie se molestaba con expresiones como estas, es decir, cuando el símbolo “@” funcionaba como antecesor, por así llamarlo, de la “x” o la “e”? ¿Acaso no será porque, todavía, no se llamaba “lenguaje inclusivo”?
